Pieces of my nightmares.
jueves, 11 de julio de 2013
Me llamó no sé si en sueños o de verdad, y recuerdo haber dudado. No sabía si contestar con mi indiferencia o gritar que se alejase de mí. De cualquier manera tendría que rozar con ella. Mínimo una palabra y máximo un infinito, podíamos quedarnos allí la tarde entera. Aquella y todas. Recuerdo que, en realidad, no pasó nada de eso. Tú habías marcado el número equivocado y yo había hecho como si no me importase, pero bien que había dolido. Recuerdo también haber quemado tu carta. La única que me mandaste. De hace dos meses y siete días. La que nunca respondí oficialmente, aunque sí que te he estado escribiendo. A veces con odio, otras con rencor y, muy pocas, con cariño. La respuesta nunca enviada que me conozco de memoria: dos párrafos, veinticinco líneas, ciento cuarenta y siete palabras, veintidós comas, diez puntos seguidos, quince tildes, miles de pensamientos, un objetivo y ni una sola verdad.
viernes, 29 de marzo de 2013
Reencuentro.
Unas luces me guiaron hasta lo que parecía una
puerta. A su lado, un cartel que decía “Empuje”. Obedecí, empujé aquella puerta
y un fuerte destello me hizo cerrar los ojos. Avancé sin saber hacia dónde y
escuché la puerta detrás de mí, dando un portazo. Seguí avanzando un poco más,
abrí mis ojos, que ya se habían acostumbrado a la luz, y no hallé nada. Estaba
en medio de una infinita habitación blanca; no había nada ni nadie. Me giré
rápidamente para volver por donde había venido, pero no encontré la puerta.
Había desaparecido dejándome encerrada allí.
Arrastré las maletas que llevaba en la mano izquierda de un lado para
otro y permanecí en calma todo lo que estuve allí adentro. Miraba hacia todos
lados una y otra vez, intentando encontrar algo, pero fue en balde.
Tumbé una de las maletas al suelo y me senté sobre
ella a esperar que ocurriera algo, simplemente. Apenas diez minutos después,
crucé los pies y los brazos. Empezaba a impacientarme y tenía frío, así que me
levanté, abrí la maleta en la que llevaba la ropa y cogí un abrigo marrón que
me encantaba. Me lo había regalado mi padre antes de morir…
Me giré y vi a un hombre joven de espaldas. Tal y
por la postura tan relajada que había adoptado allí, de pie, aparentaba ser
buena persona, así que me acerqué a él tranquilamente. Paso a paso.
Cuando estaba apunto de rozar a aquel hombre, se
giró, y yo me quedé quieta, observándolo. Estaba fumando. Aquella manera de
colocar su cigarro entre el dedo índice y corazón de la mano derecha y esconder
la izquierda en la espalda me resultó familiar. Era un gesto que me encantaba
imitar de pequeña. Entonces me fijé mejor en el hombre. Estaba cambiado, pero
claramente solo podía ser una persona.
-
¿Papá? – Estaba paralizada. Se me
calló el abrigo que llevaba en la mano.
-
Cariño, ¿eres tú? – Respondió el
hombre sacándose la mano izquierda de la espalda. – Has cambiado mucho en
apariencia. ¿Sigues siendo mi pequeña?
-
Tú también has cambiado. Te veo… Más
joven. Por supuesto que lo sigo siendo.
-
Más joven o más descansado de tus
tonterías. – Los dos reímos. - ¿Cómo están todos?
-
Te echamos de menos. – Susurré mirando
al suelo, y me abrazó.
-
Lo siento, tengo que irme ya, pero
atiende a lo que voy a decirte. – Le miré y asentí. – Aunque ya no esté con tu
madre y contigo, siempre os querré. Lo sabes, y también sabes que no fui yo el
que decidió irse, además de que no puedo volver… Pero siempre, siempre, siempre
os querré. – En aquel momento me abrazó más fuerte que nunca. Por último me
soltó y se alejó lentamente. A medida que se iba alejando se nublaba mi vista,
hasta llegar al punto de no ver nada.
Más tarde desperté en la camilla
de un hospital y oí a mi madre gritar.
-
Has vuelto. ¡Menos mal que has vuelto!
– Y yo estaba desorientada hasta que recordé: Antes de ver las luces que me
guiaron hasta la puerta, estaba conduciendo y un coche se lanzó contra el mío.
-
He hablado con papá. – Le comenté.
-
Deliras, será mejor que descanses hasta que te recuperes totalmente. – No me tomó enserio.
En ese momento mi madre salió de
la sala y yo seguí tumbada. Miré al techo y sonreí. “Me quiere mucho, ¿sabes,
mamá?”, pensé. “Nos quiere mucho.”
Encerrado.
Desperté sin idea alguna de dónde me encontraba.
Estaba, al parecer, encerrado en una habitación sin ventanas ni ningún tipo de
iluminación, supuse que habría paredes, aunque corrí de un lado a otro sin
darme contra ninguna. El suelo era negro, al igual que las supuestas paredes,
por lo visto.
Me sentí confuso, estaba allí encerrado y no había medio alguno
de contactar con nadie, al menos desde el interior, así que decidí sentarme, me
recogí de piernas y miré a todas partes. “Totalmente vacío” fue otra de las
cosas que simplemente supuse, puesto que no se veía nada, y no tenía intención
de moverme a comprobarlo.
Grité. Mi mente empezaba a simular una gran
locura. (O tal vez estuviese loco. Sería probable) Tarareaba una melodía que no
sonaba bien en absoluto, empezaba a tener miedo de mí mismo y acabé riéndome.
No quería hacerlo, pero no podía parar. Ahora me encontraba gritando en medio
de carcajadas al ritmo de lo que anteriormente tarareaba.
Se oyó un sonido metálico, y de repente escuché
“Silencio”, pero me daba igual, seguí riendo sin ganas. ¿Realmente quería eso?
No; quería salir de allí tan rápido como fuese posible.
-
Dime qué hago aquí, maldita sea. –
Ordené, y lo hice en medio de extrañas carcajadas que, simplemente, salían de
mí.
-
¿No reconoces este lugar? Creí que era
tu preferido… Siempre hablas de él. – Respondió una voz ronca, con total
tranquilidad.
-
¿Yo? Nunca había estado en un lugar
tan oscuro.
-
Tú eres el oscuro en esta historia.
-
No lo entiendo. ¡Juro no haber estado aquí! ¡Odio este sitio!
-
No te pareció tan malo durante estos
casi treinta años.
-
No comprendo. ¡Que me saquen de aquí!
– Seguí ordenando y riendo, esta vez con lágrimas en los ojos.
-
Piensa. – Volvió a oírse el sonido
metálico.
“No hay nada que me guste más que
eso”, pensé, así que me dispuse a hacerlo. Llegó un momento en el que me levanté; caminé un
poco. No me hizo falta mucho para darme cuenta de que aquello se extendía
infinitamente.
Entonces me dí cuenta de lo que realmente pasaba. De qué me
hablaba. Me tiré en el suelo. Ahora las carcajadas eran aún más fuertes. Ahora
realmente me había vuelto loco. Me estiré en el suelo, dí vueltas y pegué
patadas a la nada. Finalmente caí, ya me daba igual. Después de descubrir de
qué se trataba era como si no tuviese más cometido. Tirado, disfruté
infinitamente de aquel infinito imposible, y me resigné sabiendo que lo último
que sentiría sería mis lágrimas conmigo, y lo último que oiría, mis carcajadas
histéricas chocando contra mí, como bombas.
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