Unas luces me guiaron hasta lo que parecía una
puerta. A su lado, un cartel que decía “Empuje”. Obedecí, empujé aquella puerta
y un fuerte destello me hizo cerrar los ojos. Avancé sin saber hacia dónde y
escuché la puerta detrás de mí, dando un portazo. Seguí avanzando un poco más,
abrí mis ojos, que ya se habían acostumbrado a la luz, y no hallé nada. Estaba
en medio de una infinita habitación blanca; no había nada ni nadie. Me giré
rápidamente para volver por donde había venido, pero no encontré la puerta.
Había desaparecido dejándome encerrada allí.
Arrastré las maletas que llevaba en la mano izquierda de un lado para
otro y permanecí en calma todo lo que estuve allí adentro. Miraba hacia todos
lados una y otra vez, intentando encontrar algo, pero fue en balde.
Tumbé una de las maletas al suelo y me senté sobre
ella a esperar que ocurriera algo, simplemente. Apenas diez minutos después,
crucé los pies y los brazos. Empezaba a impacientarme y tenía frío, así que me
levanté, abrí la maleta en la que llevaba la ropa y cogí un abrigo marrón que
me encantaba. Me lo había regalado mi padre antes de morir…
Me giré y vi a un hombre joven de espaldas. Tal y
por la postura tan relajada que había adoptado allí, de pie, aparentaba ser
buena persona, así que me acerqué a él tranquilamente. Paso a paso.
Cuando estaba apunto de rozar a aquel hombre, se
giró, y yo me quedé quieta, observándolo. Estaba fumando. Aquella manera de
colocar su cigarro entre el dedo índice y corazón de la mano derecha y esconder
la izquierda en la espalda me resultó familiar. Era un gesto que me encantaba
imitar de pequeña. Entonces me fijé mejor en el hombre. Estaba cambiado, pero
claramente solo podía ser una persona.
-
¿Papá? – Estaba paralizada. Se me
calló el abrigo que llevaba en la mano.
-
Cariño, ¿eres tú? – Respondió el
hombre sacándose la mano izquierda de la espalda. – Has cambiado mucho en
apariencia. ¿Sigues siendo mi pequeña?
-
Tú también has cambiado. Te veo… Más
joven. Por supuesto que lo sigo siendo.
-
Más joven o más descansado de tus
tonterías. – Los dos reímos. - ¿Cómo están todos?
-
Te echamos de menos. – Susurré mirando
al suelo, y me abrazó.
-
Lo siento, tengo que irme ya, pero
atiende a lo que voy a decirte. – Le miré y asentí. – Aunque ya no esté con tu
madre y contigo, siempre os querré. Lo sabes, y también sabes que no fui yo el
que decidió irse, además de que no puedo volver… Pero siempre, siempre, siempre
os querré. – En aquel momento me abrazó más fuerte que nunca. Por último me
soltó y se alejó lentamente. A medida que se iba alejando se nublaba mi vista,
hasta llegar al punto de no ver nada.
Más tarde desperté en la camilla
de un hospital y oí a mi madre gritar.
-
Has vuelto. ¡Menos mal que has vuelto!
– Y yo estaba desorientada hasta que recordé: Antes de ver las luces que me
guiaron hasta la puerta, estaba conduciendo y un coche se lanzó contra el mío.
-
He hablado con papá. – Le comenté.
-
Deliras, será mejor que descanses hasta que te recuperes totalmente. – No me tomó enserio.
En ese momento mi madre salió de
la sala y yo seguí tumbada. Miré al techo y sonreí. “Me quiere mucho, ¿sabes,
mamá?”, pensé. “Nos quiere mucho.”


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