viernes, 29 de marzo de 2013

Encerrado.




Desperté sin idea alguna de dónde me encontraba. Estaba, al parecer, encerrado en una habitación sin ventanas ni ningún tipo de iluminación, supuse que habría paredes, aunque corrí de un lado a otro sin darme contra ninguna. El suelo era negro, al igual que las supuestas paredes, por lo visto.
  Me sentí confuso, estaba allí encerrado y no había medio alguno de contactar con nadie, al menos desde el interior, así que decidí sentarme, me recogí de piernas y miré a todas partes. “Totalmente vacío” fue otra de las cosas que simplemente supuse, puesto que no se veía nada, y no tenía intención de moverme a comprobarlo.
Grité. Mi mente empezaba a simular una gran locura. (O tal vez estuviese loco. Sería probable) Tarareaba una melodía que no sonaba bien en absoluto, empezaba a tener miedo de mí mismo y acabé riéndome. No quería hacerlo, pero no podía parar. Ahora me encontraba gritando en medio de carcajadas al ritmo de lo que anteriormente tarareaba.
Se oyó un sonido metálico, y de repente escuché “Silencio”, pero me daba igual, seguí riendo sin ganas. ¿Realmente quería eso? No; quería salir de allí tan rápido como fuese posible.

-         Dime qué hago aquí, maldita sea. – Ordené, y lo hice en medio de extrañas carcajadas que, simplemente, salían de mí.
-         ¿No reconoces este lugar? Creí que era tu preferido… Siempre hablas de él. – Respondió una voz ronca, con total tranquilidad.
-         ¿Yo? Nunca había estado en un lugar tan oscuro.
-         Tú eres el oscuro en esta historia.
-         No lo entiendo. ¡Juro no haber estado aquí! ¡Odio este sitio!
-         No te pareció tan malo durante estos casi treinta años.
-         No comprendo. ¡Que me saquen de aquí! – Seguí ordenando y riendo, esta vez con lágrimas en los ojos.
-         Piensa. – Volvió a oírse el sonido metálico.

“No hay nada que me guste más que eso”, pensé, así que me dispuse a hacerlo. Llegó un momento en el que me levanté; caminé un poco. No me hizo falta mucho para darme cuenta de que aquello se extendía infinitamente. 
Entonces me dí cuenta de lo que realmente pasaba. De qué me hablaba. Me tiré en el suelo. Ahora las carcajadas eran aún más fuertes. Ahora realmente me había vuelto loco. Me estiré en el suelo, dí vueltas y pegué patadas a la nada. Finalmente caí, ya me daba igual. Después de descubrir de qué se trataba era como si no tuviese más cometido. Tirado, disfruté infinitamente de aquel infinito imposible, y me resigné sabiendo que lo último que sentiría sería mis lágrimas conmigo, y lo último que oiría, mis carcajadas histéricas chocando contra mí, como bombas. 


No hay comentarios:

Publicar un comentario