viernes, 29 de marzo de 2013

Reencuentro.



Unas luces me guiaron hasta lo que parecía una puerta. A su lado, un cartel que decía “Empuje”. Obedecí, empujé aquella puerta y un fuerte destello me hizo cerrar los ojos. Avancé sin saber hacia dónde y escuché la puerta detrás de mí, dando un portazo. Seguí avanzando un poco más, abrí mis ojos, que ya se habían acostumbrado a la luz, y no hallé nada. Estaba en medio de una infinita habitación blanca; no había nada ni nadie. Me giré rápidamente para volver por donde había venido, pero no encontré la puerta. Había desaparecido dejándome encerrada allí.  Arrastré las maletas que llevaba en la mano izquierda de un lado para otro y permanecí en calma todo lo que estuve allí adentro. Miraba hacia todos lados una y otra vez, intentando encontrar algo, pero fue en balde.
Tumbé una de las maletas al suelo y me senté sobre ella a esperar que ocurriera algo, simplemente. Apenas diez minutos después, crucé los pies y los brazos. Empezaba a impacientarme y tenía frío, así que me levanté, abrí la maleta en la que llevaba la ropa y cogí un abrigo marrón que me encantaba. Me lo había regalado mi padre antes de morir…
Me giré y vi a un hombre joven de espaldas. Tal y por la postura tan relajada que había adoptado allí, de pie, aparentaba ser buena persona, así que me acerqué a él tranquilamente. Paso a paso.
Cuando estaba apunto de rozar a aquel hombre, se giró, y yo me quedé quieta, observándolo. Estaba fumando. Aquella manera de colocar su cigarro entre el dedo índice y corazón de la mano derecha y esconder la izquierda en la espalda me resultó familiar. Era un gesto que me encantaba imitar de pequeña. Entonces me fijé mejor en el hombre. Estaba cambiado, pero claramente solo podía ser una persona.
-         ¿Papá? – Estaba paralizada. Se me calló el abrigo que llevaba en la mano.
-         Cariño, ¿eres tú? – Respondió el hombre sacándose la mano izquierda de la espalda. – Has cambiado mucho en apariencia. ¿Sigues siendo mi pequeña?
-         Tú también has cambiado. Te veo… Más joven. Por supuesto que lo sigo siendo.
-         Más joven o más descansado de tus tonterías. – Los dos reímos. - ¿Cómo están todos?
-         Te echamos de menos. – Susurré mirando al suelo, y me abrazó.
-         Lo siento, tengo que irme ya, pero atiende a lo que voy a decirte. – Le miré y asentí. – Aunque ya no esté con tu madre y contigo, siempre os querré. Lo sabes, y también sabes que no fui yo el que decidió irse, además de que no puedo volver… Pero siempre, siempre, siempre os querré. – En aquel momento me abrazó más fuerte que nunca. Por último me soltó y se alejó lentamente. A medida que se iba alejando se nublaba mi vista, hasta llegar al punto de no ver nada.
Más tarde desperté en la camilla de un hospital y oí a mi madre gritar.
-         Has vuelto. ¡Menos mal que has vuelto! – Y yo estaba desorientada hasta que recordé: Antes de ver las luces que me guiaron hasta la puerta, estaba conduciendo y un coche se lanzó contra el mío.
-         He hablado con papá. – Le comenté.
-         Deliras, será mejor que descanses hasta que te recuperes totalmente. – No me tomó enserio.
En ese momento mi madre salió de la sala y yo seguí tumbada. Miré al techo y sonreí. “Me quiere mucho, ¿sabes, mamá?”, pensé. “Nos quiere mucho.” 


Encerrado.




Desperté sin idea alguna de dónde me encontraba. Estaba, al parecer, encerrado en una habitación sin ventanas ni ningún tipo de iluminación, supuse que habría paredes, aunque corrí de un lado a otro sin darme contra ninguna. El suelo era negro, al igual que las supuestas paredes, por lo visto.
  Me sentí confuso, estaba allí encerrado y no había medio alguno de contactar con nadie, al menos desde el interior, así que decidí sentarme, me recogí de piernas y miré a todas partes. “Totalmente vacío” fue otra de las cosas que simplemente supuse, puesto que no se veía nada, y no tenía intención de moverme a comprobarlo.
Grité. Mi mente empezaba a simular una gran locura. (O tal vez estuviese loco. Sería probable) Tarareaba una melodía que no sonaba bien en absoluto, empezaba a tener miedo de mí mismo y acabé riéndome. No quería hacerlo, pero no podía parar. Ahora me encontraba gritando en medio de carcajadas al ritmo de lo que anteriormente tarareaba.
Se oyó un sonido metálico, y de repente escuché “Silencio”, pero me daba igual, seguí riendo sin ganas. ¿Realmente quería eso? No; quería salir de allí tan rápido como fuese posible.

-         Dime qué hago aquí, maldita sea. – Ordené, y lo hice en medio de extrañas carcajadas que, simplemente, salían de mí.
-         ¿No reconoces este lugar? Creí que era tu preferido… Siempre hablas de él. – Respondió una voz ronca, con total tranquilidad.
-         ¿Yo? Nunca había estado en un lugar tan oscuro.
-         Tú eres el oscuro en esta historia.
-         No lo entiendo. ¡Juro no haber estado aquí! ¡Odio este sitio!
-         No te pareció tan malo durante estos casi treinta años.
-         No comprendo. ¡Que me saquen de aquí! – Seguí ordenando y riendo, esta vez con lágrimas en los ojos.
-         Piensa. – Volvió a oírse el sonido metálico.

“No hay nada que me guste más que eso”, pensé, así que me dispuse a hacerlo. Llegó un momento en el que me levanté; caminé un poco. No me hizo falta mucho para darme cuenta de que aquello se extendía infinitamente. 
Entonces me dí cuenta de lo que realmente pasaba. De qué me hablaba. Me tiré en el suelo. Ahora las carcajadas eran aún más fuertes. Ahora realmente me había vuelto loco. Me estiré en el suelo, dí vueltas y pegué patadas a la nada. Finalmente caí, ya me daba igual. Después de descubrir de qué se trataba era como si no tuviese más cometido. Tirado, disfruté infinitamente de aquel infinito imposible, y me resigné sabiendo que lo último que sentiría sería mis lágrimas conmigo, y lo último que oiría, mis carcajadas histéricas chocando contra mí, como bombas.